• A reading woman

Supervivientes



I like a look of agony

Because I know it’s true

Emily Dickinson



Nadie pudo prever la mortalidad de una enfermedad tan silenciosa. La sociedad sigue a rajatabla el precepto de Santo Tomás: queremos ver la sangre derramada, el sudor del dolor físico, escuchar respiraciones entrecortadas mientras las drogas médicas ya no alivian los músculos atrofiados ni los órganos podridos; entonces, sí creemos. Quisimos ver las llagas y ver la lanza atravesar el costado para cerciorarnos de que lo que se decía era cierto. Pero, al igual que Santo Tomás, delante ya solo teníamos muertos.


— ¿Qué quieres hoy de cena? No se me ocurre nada, ¿pillamos una pizza?

— Sí, lo que quieras.

— No, pero dime algo, que luego lo hago yo todo y después que no te apetece.

— De verdad, haz lo que quieras tú. Para mí, es igual.

— Vale.


La sociedad seguía con su equilibrio falaz. Los ricos vivían sus vidas lujosas y vacías; los pobres se consumían en la ansiedad para llegar a fin de mes. Los medio burgueses, pues eso, a medias entre uno y otro camino. Con caprichos espontáneos e innecesarios que derivaban en arrepentimientos inmediatos y no reembolsables. Las noticias hablaban de las catástrofes naturales que azotaban el otro lado del globo terrestre, al mismo tiempo que anunciaban que una ola de calor se avecinaba a nuestras costas. Entre huracanes lejanos que arrasaban complejos hoteleros e inundaban aldeas antes inexistentes en nuestra memoria cultural, y vientos que despeinaban a turistas ingleses y alemanes azotados por los granos de arena de una naturaleza subversiva, los primeros síntomas silenciosos se dejaban vislumbrar. Pero, de nuevo, la rutina se imponía y ganaba la batalla. Éramos capaces de visionar un viento huracanado llevándose coches y palmeras a velocidades de vértigo al mismo tiempo que familias enteras de desconocidos lloraban e intentaban agarrarse a cualquier objeto que les impidiera volar, mientras preparábamos pasta a la boloñesa. Nuestro cerebro era capaz de mirar sin ver, a modo de instinto de supervivencia preinstalado por defecto, nos separábamos de todas aquellas situaciones a miles de kilómetros de distancia porque, al fin y al cabo, no podíamos permitir que la pasta se nos pasara por algo que no podíamos tocar. Occidente vivía en su propia burbuja, ya llegaría Hollywood con una gran superproducción a recordarnos que aquellas imágenes no eran tan impresionantes como las que ellos podían crear en un estudio, con unos cuantos actores especialistas y un buen programa de ordenador. La realidad que aceptábamos era la que preparaban para nosotros. Nos habíamos convertido en seres obnubilados, dormidos, máquinas preinstaladas programadas para creer la realidad que debíamos creer. Por ello, no vimos que el huracán se acercaba a nuestra burbuja.


— ¿Te apetece dar un paseo?

— Iré más tarde.

—Pero ha salido el sol. Además, han anunciado que la tasa de contaminación ha bajado, podríamos aprovechar y respirar un poco de aire medio puro por una vez.

— Saldré luego.

— ¿Es que aún tienes trabajo?

— No.

— ¿Estás cansada?

— No.

— Pues vente, podríamos pasar a comprar los cojines que querías para la cama.

— No. Luego voy yo sola.

— ¿Es por lo de las noticias de ayer en la tele? ¿No quieres salir por eso?

— Ya te he dicho que sí saldré, pero luego. Sola.

— Vale.


La credibilidad de la prensa había ido decayendo durante las últimas décadas. De hecho, cada familia tenía su canal o su periódico predilectos en base a la supuesta tendencia política de estos. Elegíamos en base a lo que queríamos escuchar. A nadie le gustaba ser desafiado o que sus opiniones fueran puestas en entredicho. Para vivir en Occidente debías aceptar que los debates políticos se basaban en la ausencia de escucha y la absoluta falta de respeto por las opiniones ajenas. Si vivías en cualquier otra parte del mundo, quién sabe, no nos interesaba conocer los entresijos y tejemanejes de esas sociedades que aparecían en nuestros televisores cuando la tragedia las azotaba.

En casa teníamos siempre dos periódicos: uno que nos daba siempre la razón y otro que pretendía contradecirnos con argumentos, a nuestro entender, estúpidos y sacados de contexto. Porque la superioridad intelectual estaba a la base de nuestras creencias y el ser humano debía ser inteligente y leído para poder gobernarse. No nos importaba nada más. El esnobismo había invadido nuestras estanterías y el desprecio al otro aumentaba en cada lectura. Nos creímos inteligentes, superiores, y siempre quisimos obtener la prueba fehaciente de lo que nos decían. «Demuéstramelo, entonces hablaremos» recitaban nuestras pancartas cerebrales cuando se nos planteaban crisis sociales que no alcanzábamos a comprender, o a asir con nuestras manos. La incredulidad como base de nuestra intelectualidad. Queríamos atornillar nuestros dedos en esas llagas aún abiertas para experimentar la carne abrasadora sin cicatrizar: agujeros pulsantes de un dolor verídico a nuestro tacto.

Una mañana de domingo en Occidente se convirtió en agujero en muchos hogares. Todos los canales de televisión y todos esos periódicos anunciaban una catástrofe. Los titulares variaban, los discursos televisivos mostraban imágenes diversas, pero una palabra se repetía constantemente. El vocablo entraría de lleno en la cultura general de todos; ningún sector se pudo apoderar de él. Occidente se veía azotado, nuestra imágenes salían en televisores al otro lado del océano. Nuestros llantos, nuestro dolor, intangibles para ellos; nos convertimos en su imagen de la hora de la comida.


— Voy a ir a correr en un rato. ¿Te vienes?

— No.

— Pero hace dos días que no sales de casa.

— Lo sé.

— Te vendría bien un poco de aire. ¿Y si te dejo que me lleves ventaja?

— No quiero correr.

— ¿Entonces qué quieres?

— …


De un día para otro la invasión llegó a nuestras vidas. Los medios de comunicación habían entrado en bucle, solo se hablaba de Occidente. Al otro lado del océano no ocurría nada. No había más imágenes de huracanes azotando costas antes paradisíacas. Solo veíamos miradas cansadas, miradas aturdidas, miradas tristes, miradas exhaustas, miradas traumatizadas. Miradas incrédulas. La ausencia de diálogo político nos invadió de terror, los espectáculos de bululú que hasta ahora habían divertido por igual a ambas mitades de la península, ahora aterrorizaban a mayores y jóvenes por igual. La rutina se había interrumpido. Las llagas y los costados sangrantes seguían recibiendo manos que palpaban. La esperanza se agarraba a su incredulidad, por que no dejar de esperar significaba no querer creer en lo que no vemos. Nuestro vocabulario aumentó y se redujo en la misma medida, las conversaciones giraban en torno a lo mismo, las teorías, las conspiraciones, las ganas de no creer para evitar enfrentarnos al huracán. Quién iba a pensar que el huracán sería un gigante inamovible que nos cegaría con su verdad.


— ¿Qué te pasa? No entiendo nada. Acordamos que dejarías este trabajo para buscar algo mejor. No para que te quedaras en casa durmiendo hasta las tantas sin hacer nada.

— No es tan fácil.

— ¿El qué no es fácil? Enséñamelo. Ilumíname. Yo no veo nada. Solo veo que dejaste de trabajar, que duermes, no sales, mientras yo acepté un trabajo de más horas porque pensé que te estaba ayudando. Pero ya veo que no estás haciendo nada.

— No puedo hacer nada.

— ¿Sabes qué? Lo que tú digas. Cuando quieras demostrarme o explicarme qué cojones te pasa por la cabeza, quizá pueda llegar a entenderlo.

— No puedo enseñártelo, no se puede ver.

— Alguna razón habrá. ¿Te pasó algo en el trabajo? ¿Tu familia? ¿Has discutido con alguien? Dime qué ha pasado.

— Es que no ha pasado nada.


Hecatombe, del griego ἑκατόμβη, «catástrofe, desgracia». El pueblo incrédulo había vuelto a creer, todos teníamos llagas que atravesar y costados abiertos en canal. Los meses pasaban, la rutina seguía interrumpida por una pseudorutina de supervivencia. Queríamos creer que habíamos cambiado. Creíamos creer que todo iba a ir mejor. La sociedad estaba al borde del abismo, la unión social había demostrado su poder, pero el ser humano es un ser incrédulo por naturaleza. Debates políticos innecesarios seguían demostrándolo. Pérdida de tiempo y juegos con la humanidad. Los periódicos y las televisiones manipulaban los discursos, la implantación del terror era la nueva restauración social. Creaban ansiedades, luchas internas que nos rompían cada vez más; el huracán occidental en forma de microorganismo se había implantado cual microchip en nuestros cerebros. Habíamos sido reprogramados. Una catástrofe televisiva de la hora de la comida. Una hecatombe mundial, aunque el término ‘mundial’ solo se emplease cuando afectaba a Occidente. Aún vivíamos en nuestro pedestal de intelectualidad. El microorganismo se dejaba ver, sus facciones eran reconocibles para todos, su nombre era el más sonado, su fama había atravesado fronteras lingüísticas y culturales, había conseguido ser visto y tocado. La humanidad creyó entenderlo todo y, al entenderlo, creímos tenerlo bajo control. El microorganismo se dejó ver, quiso alardear de su fama, las historias sobre él eran a cada cual más ingeniosa. Las capacidades intelectuales que se le atribuían eran notorias, y síndrome de un miedo atroz a su presencia. Quizá los alardes y piropos lo mantendrían a raya. Su presencia amainó, seguía entre nosotros, pero la pseudorutina alivió sus horarios y quisimos volver a cocinar viendo huracanes. Lo conseguimos. Nuestra cara dejó de ser noticia. Los debates políticos volvieron a sonar en bululú.


— Me han dado horario reducido de viernes. Así que podríamos hacer algo. Puedo comprar entradas para el cine.

— Como quieras.

— ¿Miramos la cartelera?

— Elige tú.

— Podríamos ir a cenar antes y de ahí ir al cine. Ya dejan entrar en la sala sin cubrirse y hasta comer palomitas.

— Vale.

— Vale.


Invisible, del latín invisibĭlis, «que no puede ser visto». Las máquinas que nos daban las mejores fotos del microorganismo eran capaces de reproducir a escala lo que es imposible de apreciar para el ojo humano. Imposible de ver para el ojo humano. De nuevo, los periódicos de casa volvían a ser dos. Ahora la palabra de moda aparecía cada vez menos. Había sido sustituida por otras expresiones: «estado de ánimo», «readaptación», «consecuencias sociales», «ayuda psicológica». De repente, asumimos que el microorganismo con su ínfimo tamaño había producido el caos y que, ahora, nos seguía afectando con su alargada sombra. La batalla había terminado, los medios gritaban e imprimían grandes titulares ante el éxito científico. Una victoria política, eso tenía que quedar muy claro. Los intereses económicos habían primado y los debates políticos habían invadido nuestras cajas tontas durante meses rellenando espacios con discursos vacíos y luchas infantiles. Distracciones de la hora de la comida. Miradas cansadas, miradas aturdidas, miradas tristes, miradas exhaustas, miradas traumatizadas. Miradas vacías.


— ¿Hola? ¿Estás en la habitación?

— ¡NO! ¿Qué has hecho? Contéstame. ¿Qué has hecho? Mírame

— No no no no …

(112)

— Teléfono de emergencias. Dígame.

— No respira… yo… tenía… no…

— Si no se calma, no puedo ayudarle. Respire. Dígame su nombre y su dirección. Cálmese.

— Yo… no me mira… Me llamo… me llamo…

— Señorita, si no me dice dónde está no puedo ayudarle. Dígame su dirección.

— En la calle…, número… Por favor, no respira…


— ¿Por qué has hecho esto? Tengo entradas para… para… el cine… Mírame…


Hecatombe invisible. No había foto de microorganismo, no había teorías conspiranoicas.


— Señorita, no hemos podido salvarla.

— No, no, no. Pero… no lo entiendo…

— ¿Tomaba algún tipo de medicación? ¿Había recibido ayuda psicológica? ¿Cómo había llevado la pseudorutina? ¿La despidieron? ¿Perdió a algún ser querido?

— ¿Qué? No… no entiendo, yo no vi nada…



Los periódicos hablaban de revisiones salariales, se volvían a felicitar por la gran gestión de la crisis ‘mundial’ y las sonrisas volvían a estar de moda. La batalla, decían, había concluido. Los supervivientes podrían contar a las futuras generaciones la historia de haber sobrevivido a un hecho histórico. El microorganismo que todos habíamos podido ver y casi tocar, en el que todos creímos, había sido derrotado. En el que todos creímos, porque lo habíamos visto.



***


Preparaba pasta a la boloñesa y en el televisor empezaron a hablar sobre algo que estaba sucediendo en Occidente. Apagué el fuego y me senté a escuchar.



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