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  • Melina Márquez

Monstruos verdes en femenino y otras creaciones fantásticas de Anna Maria Ortese.

«A todos los lectores que deseen algo inaudito, que los transporte más allá de los límites de la realidad; a todos los lectores apasionados, aburridos, satisfechos, entusiastas, dramáticos, frívolos, pasajeros, constantes - les aconsejo este maravilloso libro, uno de los pocos destinados a honrar la literatura italiana de posguerra. Se publicó hace veinte años; pero parece que nadie lo haya comprado nunca, que nadie lo haya leído nunca. Es como la princesa del cuento de hadas, cuya belleza se oculta tras los harapos y el polvo. Solo en algunos finales felices han alzado el velo gris, han sacudido con la mano el polvo, y defienden que es una obra maestra» (Pietro Citati)

Incomprensión generalizada

Hace un par de días me senté y cogí el único libro que tengo escrito por Anna Maria Ortese (1914-1998). Una escritora hasta hace tres años desconocida para mí. Pero no me entendáis mal, hace tres años escuché hablar de ella, pero solo hace un par de días empecé a leer una de sus novelas. Había escuchado que escribía realismo mágico, o algo parecido; que la gente, en general, y la crítica, en particular, no habían apreciado mucho su literatura. La novela de la que hablo se publicó en 1965 y la edición que yo he conseguido en italiano data de 2007 (octava edición en la misma editorial: Adelphi). Aún así, a pesar de haber sido editada en numerosas ocasiones, su obra no está 'canonizada' - si se me permite la expresión.

¿Por qué? Para saberlo, me senté a leer. Nada más hacerlo, tras leer las primeras páginas, mi cerebro fue rápido a la hora de rescatar el recuerdo de otra lectura que automáticamente ligó a la que estaba en mis manos. Tras una página de Ortese, mi mente me llevó hasta las cientos de páginas de la ficción de Calvino. Curioso, a este último lo conocemos, lo amamos y lo releemos constantemente. A ella, bueno, no tanto.

La primer página de la novela de Anna Maria Ortese iniciaba con un simple: «Come tu sai, Lettore, ogni anno...» [«Como ya sabes, Lector, cada año...»]. Insisto, imposible no volver mentalmente al incipit de uno de los textos calvinianos.

Tras esta digresión mental, seguí adelante con mi lectura. Entonces, de nuevo, mi mente insistió en recordarme otras obras de Italo Calvino, esta vez, su trilogía más fantástica. Ortese dice así: «Don Carlo Ludovico Aleardo di Grees, dei Duchi di Estremadura-Aleardi, e conte di Milano, casata, come appare evidente, di origine per due terzi svizzero-iberica, e nonpertanto il più allegro e buon lombardo che si possa dare...» [Don Carlo Ludovico Aleardo de Grees, de los Duques de Estremadura-Aleardi, y conde de Milán, del linaje, como es evidente, de origen, en dos tercios, suizo-íbero, y no por ello el más alegre y buen lombardo que se pueda encontrar... ]

Hasta aquí, bien. La obra de Ortese es posterior a las de Calvino, se pueden encontrar paralelismos en las primeras páginas. Yo, continúo con mi lectura. Tras tres páginas, las digresiones mentales parecen haber remitido. Tras sucumbir a la comparación obligatoria [en parte impuesta por esa literatura canónica que nos enseñan y que, curiosamente, siempre parece olvidar a las mismas] de una nueva autora con otro conocido, mi mente se rinde ante la literatura de Anna Maria Ortese.


Monstruos verdes y romanticismo fosforescente

Las primeras páginas me recordaban a algo conocido. Pero ella sigue otros derroteros. De repente, me veo sumergida en una novela fantástica ambientada en un siglo XIX de viajes por mar, duques, islas intermitentes [con nombres de pueblos toledanos, lo que me hace sonreír con orgullo manchego] y un ser femenino-monstruoso-tierno-incomprendido. Atención, repito lo que Ortese hace: una isla en la costa portuguesa gobernada por hombres que se autoproclaman duques y marqueses y un ser femenino que les sirve a todos. Esperad, esperad, repito otra vez: una isla gobernada por hombres y un solo ser femenino-monstruoso. Y añadamos algo más, Ortese sabía lo que se hacía, a esta isla mágica gobernada por hombres y con un solo ser femenino-monstruoso llega otro ser masculino que observa, espía y, claramente, quiere rescatar al ser femenino-monstruoso. Un momento, ¿cómo hemos llegado a un cuento de hadas con una princesa tremebunda y hombres malvados que la gobiernan? Pero, insisto, Ortese sabía lo que se hacía. Sigamos adelante.

El protagonista, Aleardo, un hombre que se dedica a escribir y a comprar islas, llega a la isla de Ocaña. Su editor le ha solicitado una novela donde el protagonista se enamore, por ejemplo, de una iguana. Y ahí llega Aleardo, que se da de bruces con un ser similar al insinuado por su editor y queda prendado por la fascinación que le produce la princesa-sierva-verde. Su obsesión por la joven (aunque no sé si llamarla joven es acertado, la criatura tiene el tamaño de un niño pequeño y, a veces, también se comporta como tal, pero cada uno que imagine lo que quiera) lo lleva a seguirla para averiguar qué relación existe entre ella y la familia que gobierna la isla y que, desde el primer momento, se muestra recelosa de su sirvienta. De seguirla pasará a querer salvarla. Ya sabemos, el alma del príncipe que no puede escapar a su destino de salvador de las criaturas en peligro. Pero, ¿quién es la Iguana?


Esa iguana, como la materia prima de los alquimistas, es lo más viejo y lo más joven que se pueda encontrar en la sustancia del mundo, es la naturaleza misma en su invitación perenne a la «fraternidad con el horror».

La Iguana es un ser animal, una bestia que es privada de su comunión con el hombre y convertida en esclava. Un personaje que algunos críticos han comparado con la naturaleza, esa sierva que maltratamos y que, a su vez, no puede vivir sin nosotros. El protagonista-héroe buscará salvarla, muriendo en el intento como último sacrificio para su salvación.



Microtraducción


Título: La Iguana (original en italiano)

Autora: Anna Maria Ortese (1914-1998)


Anna Maria Ortese crea una fábula, concretamente, una fábula romántica. Un género poco apreciado en Italia, o al menos, así fue en su momento. Si no conocíais a la autora, quizá este fragmento os permita acercaros un poquito a su estilo:



La Iguana ha sido traducida en una única ocasión al español en 1968. Su traductor fue Juan Ramón Masoliver y el volumen fue publicado por la Editorial Destino.

*Lo que ofrezco es una versión, un original puede dar pie a muchas versiones. Para esta traducción no se ha revisado la versión española ya publicada, solo se ha tomado el original italiano como fuente.


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