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  • Melina Márquez

#translatorsonthecover

Invisibilidad demasiado visible [nótese el oxímoron]


«I'm not translating any more books without my name on the cover. Not only is it disrespectful to me, but it is also a disservice to the reader, who should know who chose the words they're going to read.» (Jenny Croft)

Esta es la frase que sentencia y da pie a un movimiento que lleva propagándose de manera intermitente durante las últimas décadas. Un movimiento que lucha por la visibilidad de las traductoras y de los traductores. La frase es de una de ellas, la traductora Jenny Croft, que ha creado en inglés las obras de la Premio Nobel de Literatura Olga Tokarczuk, entre otras, a la que tradujo del polaco. Es más, con la publicación de la obra Flights, la traductora obtuvo el Man Booker International Prize.

A pesar de todo, su nombre no está en la portada.

Por esto, la traductora se plantó el pasado 1 de septiembre de 2021 y a través de las redes sociales afirmó, como he reproducido al inicio, que no traduciría más hasta que su nombre apareciera en las portadas de lo que traduce. Asegurando que no es solo irrespetuoso para ella, sino que no ayuda a los lectores que, al fin y al cabo, no saben quién ha elegido las palabras que van a leer.

Sin embargo, la campaña por la visibilidad de las traductoras y de los traductores comenzó mucho tiempo antes. Como tal, el Consejo Europeo de Asociaciones de Traducción Literaria (CEATL) comenzó con esta campaña en marzo de 2021. Pero, la lucha por la visibilidad de las traductoras y de los traductores viene de más allá. O, mejor dicho, la apreciación de esta invisibilidad ya tiene una larga historia.


La historia y lo que ella esconde

Muchas son las historias sobre la traducción que hoy en día se pueden encontrar. Incluso, historias de la invisibilidad de las traducciones. La tendencia general a borrar el nombre de los que ejercen esta profesión se convirtió en el objetivo de los mismos que la ejercían. Durante siglos, el objetivo del traductor/de la traductora (mucho más en el caso de ellas, aunque más impuesto que por elección) era precisamente ser invisibles en sus textos. Es decir, que el público no fuera capaz de decir «estoy leyendo una traducción». Algo un poco absurdo, si se piensa con frialdad, puesto que si como lectoras nos acercamos a un texto escrito por una señora sueca que solo habla sueco, pero nosotras no leemos su libro en sueco sino que lo leemos en español. Creo que sobra decir que es obvio que se trata de un texto que alguien ha reescrito y re-creado en mi lengua. En fin, de incoherencias está hecha la vida.

Pero volviendo a la historia de la traducción. Quizá me podríais decir: «pero yo recuerdo el nombre de ciertos traductores (sí, aquí solo uso el masculino plural) de la historia». Claro, diría yo, quizá os suene el famoso Jerónimo, creador de la versión latina de la Biblia (no entro en las dudas sobre su autoría); quizá os suene que el poeta Pedro Salinas hizo una versión incompleta de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust; o que Jorge Luis Borges además de escribir ejercía la traducción. Vaya, todos estos nombres os suenan, ¿porque son traductores? O ¿porque fueron escritores y/o santos (caso de Jerónimo), hombres y, por lo tanto, reconocidos por otras razones?

Pero continuemos con nuestra historia. Con el boom de los Estudios de Traducción en la década de los 70' en Canadá, la visibilidad de las traductoras yde los traductores se convirtió en una prioridad. Claro, que a nivel académico. Las editoriales seguían escondiendo en un lugar recóndito de los créditos del libro el nombre de esa personita que solo, enfatizo el 'solo', había hecho posible la publicación. Porque, y la lógica arrasadora os dejará pasmados: «Sin traductora o traductor, una traducción y, por lo tanto, una publicación no es posible». Qué reflexiones más tontas, pero qué difíciles son para ciertas personas.


Traductoras y traductores como creadoras y creadores

Los tiempos han cambiado, podríamos afirmar. Claro, yo misma aparezco como traductora en casi (siempre hay un casi) todas las portadas de los libros que he traducido. Por suerte, ya hay muchas editoriales (principalmente independientes) que han reivindicado la visibilidad de las traductoras y de los traductores como parte de su sello de identidad. Estas editoriales (y la ley intelectual, hasta donde yo sé) reconocen la autoría y, por lo tanto, el acto creativo que llevan a cabo las traductoras y los traductores. Sin embargo, no es lo habitual.


Yo podría considerarme afortunada por formar parte de las portadas de las traducciones que firmo. Y es esta afirmación la que nos indica que no todo está hecho. Si tengo que considerarme afortunada por algo que debería ser lo usual, es que aún no está lo suficientemente establecido. Por eso, el movimiento #translatorsonthecover debe estar activo. Quizá no todos estemos en la posición de la traductora que decide no traducir más y exige su nombre en la portada de lo que traduce (no todas las traductoras y los traductores podemos renunciar a un trabajo, pero de la precariedad del oficio hablaré, quizá, en otro momento).


En conclusión, sin traducción no hay publicación. Y la traducción no es un producto de la magia de los códigos numéricos, aunque nos lo intenten vender así. La traducción es una actividad humana y, como tal, debe ser apreciada.


#translatorsonthecover #traductoresenlaportada

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